La mujer de la mirada extraviada, con la sonrisa plantada, como pintada.
Esa, la que sonríe sin mirarte. A la que le quieres adivinar el pensamiento. Siempre infructuosamente.
Ni siquiera ella sabe en dónde está, a dónde se ha ido, cuándo vuelve. Si es que vuelve.
De vez en cuando te mira con toda la fuerza de esos ojos que hablan y casi no puedes aguantarlo. Responden a todas tus dudas en un instante, sin darte tiempo a digerirlo. Y eso siempre es más de lo que tus miedos pueden soportar.
Y cuando son tus miedos los que le devuelven la mirada, ella se pierde un poco más, se va un poco más lejos... como si estuviera a la deriva.
Trataste de acercarla con palabras que ibas dejando en su camino, como migajas para una curiosa Gretel. Pero se te olvidó atarlas con significado y sentimiento, así que ella sólo las devoró para después llorarlas y seguir alejándose.
Luego vino tu silencio, ese que hizo que ella abriera más los ojos, como abismos. Y sentías que te tragaba y querías dejarte ir pero tu ancla siempre permaneció clavada en los lodos de tu memoria, enredada en las raíces de lo que crees que debes ser.
Enterró sus manos en la tierra, reconoció cada ángulo de tu ancla, derramó lágrimas de desesperación y luego se abrió paso en el pantano mientras el viento hacía volar su cabello.
Tú guardaste en un cuenco todas esas lágrimas, abriste un hueco en tu suelo, plantaste las semillas de sus días juntos y después de cubrirlas con tierra, lloraste tus lágrimas al tiempo que vertías las de ella.
Ahora sólo queda esperar.
(Tomando como pretexto e inspiración musical How To Grow A Woman From The Ground de Chris Thile)
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